Esta noche sólo cantan para mí – Concierto de La Casa Azul en Madrid

“La vida y los sucesos que se desplegaban ante mí sin tener nada que ver conmigo, y en lugares ajenos a mí, pero que sin embargo atraían mis sentidos, encajaban en mi definición de ‘cosas trágicas’.”
Confesiones de una máscara – Yukio Mishima

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Personalidad chilena

El niño más bacan de la playa iba grupo por grupo con su guitarra ofreciendo canciones. Cantaba y tocaba súper bien y a cambio le daban algo de plata.
Hasta que llegó donde unos argentinos que le celebraron la cancioncita y después le pidieron prestada la guitarra.

No se la devolvieron en dos horas y el cabro chico entre que estaba en el grupo sonriendo con el alma vacía o merodeaba por la playa como un niño sin asunto cualquiera. De vez en cuando miraba su guitarra desde lejos porque no se atrevía a pedirla de vuelta o, como le decía a su mamá, porque en realidad ya no tenía ganas de tocar.

Coney Island resiste

Ahora pienso que en los balnearios más antiguos los pueblos resisten. Hoy la gente que gana plata puede irse a otros países de vacaciones, a las fantasías playeras del turismo. El caribe, el medio oriente, alguna isla de moda.

En Chile no la lleva ir a El Quisco, en Bristol no la lleva ir a Weston Super Mare y en Nueva York no la lleva ir a Coney Island. Son una categoría de balneario que entró a la decadencia, donde sólo hay lugar para una foto irónica que se sube al Instagram.

De las cosas para hacer en estas playas nada califica para una revista de esas del avión: la comida es mala, la gente fea y un filtro gris se superpone a todo.

Coney Island es sede del campeonato mundial de comer completos, un enorme marcador ocupa el costado de un edificio completo mostrando a los actuales campeones y exhibe un contador de los días que quedan para la siguiente edición del torneo que se hace cada cuatro de julio.

Recuerdo en Weston Super Mare a una señora de más de ochenta años subida en un carrusel, recuerdo tomar Báltica en Cartagena con mis amigos y ahora estoy en la playa de Coney Island sola leyendo, fumando pito y tomando helado. Ya no sé si veo con buenos o malos ojos las actividades de los balnearios que nadie quiere pero pareciera que cuando el ojo capitalista deja de posarse sobre un lugar es como si lo dejara tranquilo, ése es el momento en que nuestros impulsos se extienden de una forma que la ciudad jamás permitiría.

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Gepe from the block

Mucho se habla de lo penca que está la música de Gepe en sus últimos trabajos. Gran verdad que me tiene sin cuidado. No es el primer músico que se vuelca a hacer canciones malas y a jurarse mino con el afán de ganar popularidad. Tampoco será el último.

Pero escuchando su más reciente disco, Estilo Libre, hubo algo que me enfureció a la primera oída.

Sus nuevos sonidos dignos de Juanes y toneladas de letras insípidas dieron paso a la canción Punto Final, lo que parece ser una oda a San Miguel, a Gran Avenida, al sur de Santiago. Justamente de donde yo vengo.

La reivindicación a mis orígenes es algo que siempre me ha apasionado, es de donde escribo, es desde donde entiendo todo lo que me pasa y lo que le pasa a esta sociedad desigual que es la chilena. Entonces llega este gallo a cantar del asunto y no le compro absolutamente nada.

Es cierto que por un lado aparece como agravante el tipo de músico en que se ha convertido Gepe, no resulta creíble que un tipo bueno para poner la cara para vender ropas y bebidas alcohólicas de cuicos incorpore a sus referencias elementos que intentan retratar una profunda cultura popular ¿Dónde va a cantar esta canción? Seguramente en esos antros que con tanto gusto reciben a los músicos “independientes” para que se codeen con gente de la clase alta que llega a buscar supuestas tendencias alternativas auspiciadas por marcas de zapatillas y de whiskys ¿Cómo no va a dar rabia imaginarse a esa gentuza cabeceando canciones sobre Gran Avenida?

Pero lo relevante de analizar es que la falsedad de Gepe no termina en su quehacer servil a la clase alta. Hay algo más que me hace desconfiar. Podemos para esto pensar en el caso de Jorge González. Tanto Gepe como González son de San Miguel, los dos han tenido que rodearse de gente terrible de origen acomodado debido a su carrera, los dos han cantado al barrio en el que vivieron una vez y del que han emigrado buscando mejores lugares ¿Por qué una le cree a González y a Gepe no?

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San Miguel de Los Prisioneros debe ser una de las canciones más hermosas de la banda de González, aborda el mismo tópico que Gepe de “no haber cambiado tanto” o “seguir siendo el mismo” y una, como un animalito que sabe en quién confiar y en quién no, acude sin dudar hacia San Miguel, hecha con respeto y con los talentos de Jorge González empleados en su punto máximo. El resultado es un derroche de emotividad desde donde se respira la Gran Avenida, el hospital Barros Luco, las idas al Bio, los amigos y parientes que viven hacia la carretera. González golpea con una autenticidad brutal mientras que Gepe intenta parecer auténtico mediante técnicas extremadamente forzadas que al quedar en evidencia se confunden con gestos insultantes: ¿Por qué Gepe pronuncia mal las palabras en su canción? ¿Acaso en el sur de Santiago no sabemos hablar? ¿Por qué cree que está bien justo en esta canción ponerse a rapear unos versos insulsos? ¿Porque los pobres rapeamos? Gepe presenta un trabajo que podría perfectamente acomodarse a una teleserie barata de TVN ambientada en San Miguel, haciendo de su imaginario sobre el sur de Santiago una caricatura que quiere hacer pasar como choreza. Lo mismo pasa cuando invita a Wendy Sulca a sus canciones, jurando de guata que lo hace porque la valora como artista y no por la atmósfera permanente de talla tácita que rodea a la peruana debido a que la gente de YouTube encuentra hilarantes sus canciones folclóricas sobre tomar leche desde la teta materna. Obviamente a Sulca, Gepe la inserta en un entorno estético completamente estereotipado de la cultura andina donde en el respectivo videoclip él aparece vestido estilo peruano-chic encima de una mesa poniendo caritas a la cámara mientras gente del altiplano se comporta como caníbales incivilizados bajo sus pies.

Eso es lo interesante del caso Gepe, es un ejemplo clarísimo de cómo todas las teorías de las subjetividades múltiples son puestas en jaque por algo que es muy difícil de delinear como es el instinto humano. A posteriori podemos establecer todas estas razones por las que a Gepe no se le cree nada pero lo fascinante es que al momento de escuchar su propuesta no te demoras ni dos segundos en desconfiar de él.