Instagram stories y el panóptico inverso

Benjamin Bratton usó el concepto de “panóptico inverso” en comparación a la idea tradicional de panóptico. Panóptico en el sentido foucaultiano refiere a una estructura donde el individuo puede o no puede ser sujeto de vigilancia permanente por lo que se comporta como si estuviera siendo todo el tiempo vigilado. Panóptico inverso, de acuerdo a Bratton, correspondería a una vigilancia que se sabe permanente y sobre la que el individuo tiene conciencia, sin embargo actúa como si no supiera que está vigilado.

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Maraqueo en la literatura universal

¿Cómo fue que nos dimos cuenta que la vida de hogar era una trampa? Muchas se avisparon demasiado tarde, son nuestras hermanas caídas que tienen que permanecer encadenadas para siempre a cambio de migajas. Dar la vida por unos cabros chicos, dar la juventud por un hombre insípido.

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Ahora ellos leen feminismo pero son más de lo mismo

Lo empecé a entender a partir de una experiencia que tuve trabajando con un movimiento de izquierda chileno que me parecía de lo más decente. No quiero decir cuál porque no creo que se trate de un caso puntual (son los que hicieron un gran show pobre este año XD) sino que es algo que atraviesa a todas las agrupaciones políticas.

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I don’t want to be alone in my bedroom writing messages you won’t read

¿Qué es una buena escritura?

Flannery O’Connor decía que a la gente se le hace mucho más fácil escribir de ideas complejas con conceptualizaciones abstractas que describir algo que está viendo realmente.

Pero el mundo del escritor está hecho de materia.

Por eso esta canción de Hannah Diamond es tan bacán <3

Digital intersectionality

La semana pasada estuve en San Francisco en la conferencia RightsCon Silicon Valley e hice una presentación sobre interseccionalidad digital. Tuvo una recepción bacán, mucho más bacán de lo que imaginaba para un evento tan gringo así que decidí dejar acá la transcripción:

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Incontinencia mercantilista

Unas semanas atrás alojé una noche en la casa de un matrimonio que había fallecido hace poco sin dejar descendencia.

Todo estaba intacto y había un olor a encierro polvoriento porque había tantos cachivaches en esa casa que pasar el plumero era evidentemente una tarea fundamental que no se estaba cumpliendo.

Prácticamente toda la propiedad era una especie de museo del fallecido dueño. Cada pared estaba llena de fotografías y documentos enmarcados. En las imágenes se podía ver a este señor viajando, compartiendo con cuestionables autoridades políticas y siendo premiado por su labor como demócrata.

El cabro que me invitó, me hizo notar cómo la casa completa era un collage dedicado a la trayectoria de este hombre mientras que sólo en la cocina había un espacio para un despliegue similar de recuerdos de la dueña de casa. Ella usó un formato muy parecido al de su megalómano esposo y repletó una muralla con marcos de foto. Vi su rostro, vi a sus parientes, vi la ciudad de donde venían sus antepasados. Mirábamos y nos daba pena la situación.

Esa noche bajé a hacerme un pan y descubrí el opulento catálogo de electrodomésticos que tenía esta señora en la cocina: cuchillo, rallador y pelador a pilas, un aparato muy feo que envolvía eléctricamente cuestiones en plástico, un horno del porte de una cómoda con decenas de funciones. Volví a la pieza matrimonial y vi que en el rincón donde esta mujer ponía sus cosas había un espejo que ajustaba distintas iluminaciones para maquillarse correctamente de acuerdo a las horas del día.

Este es el punto donde debiera concluir que la señora se compraba tanta lesera para sobrellevar sus represiones. O que simplemente éste era un matrimonio aburrido y con plata entonces comprar cosas innecesarias era una actividad normal.

Pero aquellas explicaciones son demasiado policiales.

Las tecnologías pueden tener una dimensión tan íntima y performativa. Cada uso de un aparato cualquiera define identidades y sitúa al sujeto en una red de significados interconectados. Importa demasiado quién fabrica determinado objeto y por qué. Comprar un dispositivo es firmar un contrato donde casi siempre dejamos que el aparato haga lo que quiera con nosotros.

Me contaron que ella fue quien murió primero y a las pocas semanas falleció su esposo. La casa hay que desocuparla y todo lo que hay dentro va a haber que botarlo a la basura.

Todo jefe es un parásito

Un aspecto fundacional del marxismo es el desarrollo teórico respecto a la explotación de la clase trabajadora. Hoy podemos identificar con claridad cómo los propietarios de los medios de producción son parásitos que lucran con el trabajo ajeno y quienes anhelamos el socialismo sabemos que los primeros que caerán cuando llegue la revolución serán estos capitalistas.

Pero no hemos identificado con la misma energía y animadversión a los jefes o gerentes. No tan sólo como pequeñoburgueses guardianes de la propiedad privada sino que también en un sentido estricto de justicia laboral con el que millones de trabajadores alrededor del mundo pueden empatizar. Hoy todos sueñan con convertirse en jefe y a nadie le parece mal que exista una figura en la organización que no haga nada y gane más que todos. Los sindicatos luchan por migajas y sus demandas son sometidas al escrutinio público mientras los sueldos de los gerentes nunca son cuestionados.

Es porque estamos perdiendo esa lucha en el sentido discursivo. Hoy el jefe está reconvertido en “líder”, se ha situado en una posición deseable para el resto de la población detentando supuestamente valores como la creatividad, la visión estratégica y una especie de capacidad mística para guiar equipos que se tiende a considerar la clave absoluta de cualquier cosa que se desarrolle. Se asume que sin Steve Jobs nadie hubiera inventado ninguno de los dispositivos de la empresa Apple a pesar de que Jobs ni siquiera tocó un tornillo y que en realidad todo lo hicieron personas inteligentísimas con títulos universitarios que les costaron años de estudios y constante perfeccionamiento. Asimismo jefes nos quieren hacer creer que el trabajo duro que hacemos junto con nuestros compañeros no consistiría más que esfuerzos desorientados sin su supervisión, por mucho que en nuestras narices veamos al jefe flojear todo el día y sólo despertar para recibir elogios por un trabajo en el que no jugó rol alguno.

Los trabajadores debemos empezar a entender que la organización horizontal y comunitaria es la clave para producir de manera justa y a la vez eficiente. Que la presencia de un jefe sólo genera molestias y es la encarnación misma del aprovechamiento, el mismo aprovechamiento que Marx describió al explicar la explotación. En la tradición más marxista debemos comprender con mucha claridad cuánto vale nuestro trabajo para decir con seguridad “esta cosa concreta que yo produzco tiene un valor significativamente más fundamental que las horas de vagancia de mi jefe denominadas “dirección estratégica” por lo tanto obviamente merezco ganar más plata que él, de hecho su presencia ni siquiera es necesaria porque con mis pares podemos sacar adelante este trabajo en comunidad”.

Es un abuso que quienes están en posiciones de poder crean merecer mayores sueldos que los trabajadores, quienes son los que en primera instancia hacen el trabajo valioso. La literatura política puede demostrar esta injusticia pero no será suficiente hasta que ganemos la batalla en el campo cultural, hasta que todos sepamos y coincidamos en que todo jefe no es un líder ni un guía imprescindible, sino un simple parásito.

Personalidad chilena

El niño más bacan de la playa iba grupo por grupo con su guitarra ofreciendo canciones. Cantaba y tocaba súper bien y a cambio le daban algo de plata.
Hasta que llegó donde unos argentinos que le celebraron la cancioncita y después le pidieron prestada la guitarra.

No se la devolvieron en dos horas y el cabro chico entre que estaba en el grupo sonriendo con el alma vacía o merodeaba por la playa como un niño sin asunto cualquiera. De vez en cuando miraba su guitarra desde lejos porque no se atrevía a pedirla de vuelta o, como le decía a su mamá, porque en realidad ya no tenía ganas de tocar.

Coney Island resiste

Ahora pienso que en los balnearios más antiguos los pueblos resisten. Hoy la gente que gana plata puede irse a otros países de vacaciones, a las fantasías playeras del turismo. El caribe, el medio oriente, alguna isla de moda.

En Chile no la lleva ir a El Quisco, en Bristol no la lleva ir a Weston Super Mare y en Nueva York no la lleva ir a Coney Island. Son una categoría de balneario que entró a la decadencia, donde sólo hay lugar para una foto irónica que se sube al Instagram.

De las cosas para hacer en estas playas nada califica para una revista de esas del avión: la comida es mala, la gente fea y un filtro gris se superpone a todo.

Coney Island es sede del campeonato mundial de comer completos, un enorme marcador ocupa el costado de un edificio completo mostrando a los actuales campeones y exhibe un contador de los días que quedan para la siguiente edición del torneo que se hace cada cuatro de julio.

Recuerdo en Weston Super Mare a una señora de más de ochenta años subida en un carrusel, recuerdo tomar Báltica en Cartagena con mis amigos y ahora estoy en la playa de Coney Island sola leyendo, fumando pito y tomando helado. Ya no sé si veo con buenos o malos ojos las actividades de los balnearios que nadie quiere pero pareciera que cuando el ojo capitalista deja de posarse sobre un lugar es como si lo dejara tranquilo, ése es el momento en que nuestros impulsos se extienden de una forma que la ciudad jamás permitiría.

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Chile sin futuro

Leía Zanjón de la Aguada de Pedro Lemebel y en una de sus crónicas presentaba la indignante situación de la llamada Mesa de Diálogo entre sobrevivientes de la dictadura y los perpetradores de torturas y asesinatos. Lo humillante del asunto partía por lo lingüístico: la cosa era un “diálogo” o sea violadores de derechos humanos impunes y sus víctimas estaban en plena horizontalidad. Dialogando.

Al pasar escuché una mierda de radio, creo que era la Zero, y presentaban una especie de efemérides diciendo algo como esto: “el 11 se septiembre del 73 hubo un golpe militar que para unos marcó el inicio de una dictadura y para otros fue un pronunciamiento. Es un tema que divide”. Seguro que la tontona que leía ni se cuestionó el texto al momento de grabar y probablemente el periodista que le escribió el libreto también asumió que aquello era algo “objetivo” de decir.

Así es Chile. Se entiende como debate objetivo el poner frente a frente y como iguales a la dignidad mínima y al delirio. Ocurre un milagro y hablan sobre aborto en la tele porque nuevamente han violado a una niña de 13 años a la que obligan a parir y llevan a una activista de los derechos de las mujeres a discutir con un chiflado tipo pastor Soto. Este debate demencial prende y decenas de miles de tontos en los medios y las redes sociales se detienen a opinar cosas casi siempre sin saber y todo se diluye en una larguísima producción de contenido irrelevante olvidando el problema inicial para siempre.

Se mueren los milicos asesinos y torturadores y seguimos sin saber el destino de miles de desaparecidos. Cada 11 de septiembre nos detenemos en prestarle atención a la UDI y a todos los que defienden todavía sin ninguna vergüenza la dictadura y los medios terminan abordando el asunto como un “debate” como si la posición infame de la derecha fuera comparable al empapelamiento anual que se hace en el Estadio Nacional con los rostros de los miles de torturados y asesinados. Una puesta en escena devastadora pero que en este país es aceptable cuestionar.

Chile es la cúspide perversa del afán de la discusión “multisectorial”, del “escuchemos a todos”. Hay que pedirle permiso a 500 empresarios antes de hacer algo bueno por los trabajadores, a 500 curas antes de proteger legalmente a las mujeres. Es obvio que esta aproximación política es insultante, ridícula, no sirve para nada y tiene a este país convertido en un resumidero de estupidez.

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