The hacker and the shaman, travelers of the black box

Was so good to present at HOPE (Hackers On Planet Earth), at first I was super skeptical thinking that my research wouldn’t fit with the conference’s audience but the people who went to see me were so nice and supportive, many new ideas emerged, even one of my idols of posthumanist studies was watching me on the streaming. I’m super grateful for that experience.

This is a sort of transcription of my presentation, part notes, part slides, part video.

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Instagram stories y el panóptico inverso

Benjamin Bratton usó el concepto de “panóptico inverso” en comparación a la idea tradicional de panóptico. Panóptico en el sentido foucaultiano refiere a una estructura donde el individuo puede o no puede ser sujeto de vigilancia permanente por lo que se comporta como si estuviera siendo todo el tiempo vigilado. Panóptico inverso, de acuerdo a Bratton, correspondería a una vigilancia que se sabe permanente y sobre la que el individuo tiene conciencia, sin embargo actúa como si no supiera que está vigilado.

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Digital intersectionality

La semana pasada estuve en San Francisco en la conferencia RightsCon Silicon Valley e hice una presentación sobre interseccionalidad digital. Tuvo una recepción bacán, mucho más bacán de lo que imaginaba para un evento tan gringo así que decidí dejar acá la transcripción:

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Incontinencia mercantilista

Unas semanas atrás alojé una noche en la casa de un matrimonio que había fallecido hace poco sin dejar descendencia.

Todo estaba intacto y había un olor a encierro polvoriento porque había tantos cachivaches en esa casa que pasar el plumero era evidentemente una tarea fundamental que no se estaba cumpliendo.

Prácticamente toda la propiedad era una especie de museo del fallecido dueño. Cada pared estaba llena de fotografías y documentos enmarcados. En las imágenes se podía ver a este señor viajando, compartiendo con cuestionables autoridades políticas y siendo premiado por su labor como demócrata.

El cabro que me invitó, me hizo notar cómo la casa completa era un collage dedicado a la trayectoria de este hombre mientras que sólo en la cocina había un espacio para un despliegue similar de recuerdos de la dueña de casa. Ella usó un formato muy parecido al de su megalómano esposo y repletó una muralla con marcos de foto. Vi su rostro, vi a sus parientes, vi la ciudad de donde venían sus antepasados. Mirábamos y nos daba pena la situación.

Esa noche bajé a hacerme un pan y descubrí el opulento catálogo de electrodomésticos que tenía esta señora en la cocina: cuchillo, rallador y pelador a pilas, un aparato muy feo que envolvía eléctricamente cuestiones en plástico, un horno del porte de una cómoda con decenas de funciones. Volví a la pieza matrimonial y vi que en el rincón donde esta mujer ponía sus cosas había un espejo que ajustaba distintas iluminaciones para maquillarse correctamente de acuerdo a las horas del día.

Este es el punto donde debiera concluir que la señora se compraba tanta lesera para sobrellevar sus represiones. O que simplemente éste era un matrimonio aburrido y con plata entonces comprar cosas innecesarias era una actividad normal.

Pero aquellas explicaciones son demasiado policiales.

Las tecnologías pueden tener una dimensión tan íntima y performativa. Cada uso de un aparato cualquiera define identidades y sitúa al sujeto en una red de significados interconectados. Importa demasiado quién fabrica determinado objeto y por qué. Comprar un dispositivo es firmar un contrato donde casi siempre dejamos que el aparato haga lo que quiera con nosotros.

Me contaron que ella fue quien murió primero y a las pocas semanas falleció su esposo. La casa hay que desocuparla y todo lo que hay dentro va a haber que botarlo a la basura.

Darse color: un invento neoliberal

La gente con Twitter ha acuñado el término “darse color” para referirse públicamente a las ocasiones en que alguien supuestamente alardea de sus comportamientos.

Las siguientes son cosas por las que es usual ser acusado de darse color:

No comer carne
Preocuparse de los animales y sobre todo darle una connotación política a tu alimentación es darse color. Va a llegar alguien a quien nadie llamó a decirte que te faltan proteínas y que Hitler era vegetariano. Peor aún, gente chistosa hará alguna broma hablando de los sentimientos de las lechugas.

Encriptar tus comunicaciones
Te das color ya que te crees alguien que tiene algo muy importante que estar ocultando. Eres muy mala onda con la gente que comparte feliz todos sus datos en las plataformas de las corporaciones de redes sociales.

No ver tele
Te crees superior al resto si dices que no ves tele. Olvídate de decir que estás viendo cine de calidad, muy alumbrado. Además llegará alguien a decirte que la tele es súper bacán en el caso de comediantes gringos o de algún periodista tipo Paulsen, eso está prácticamente a la altura de estudiar.

Leer
También leer es darse color, subir una foto de un libro es triple color y si escribes algo citando a algún teórico sólo quieres creerte la muerte. Una vez alguien con estudios universitarios dijo que conectar el Goodreads al Twitter era darse color mientras procedía a postear sobre lo mucho que le dolía la cabeza o algo así. Algo parecido pasó una vez donde los blogs de música chilenos se cuadraron contra un tipo que se había atrevido a hablar de Nietzsche en una crítica al Lollapalooza, se estaba dando demasiado color.

Ser feminista
Te das color y te preocupas de cosas que según esta gente no son prioridades ya que los problemas reales son de otro orden mucho más general (eso me dijeron una vez, qué vergüenza). Quienes se manifiestan en contra del acoso callejero son especialmente acusados de darse color ya que son considerados exagerados y (esto también me lo han dicho) se trata por lo general de minas que hablan del tema para hacerse las ricas.

Hablar de la dictadura
Te das color y además te dirán que hasta cuándo con el tema de la dictadura, que ahora el contexto es otro. Muy frecuente en circuitos artísticos donde lo que la lleva es dejar la dictadura atrás.

Hacer algún tipo de ejercicio
Es muy darse color decir que haces ejercicio, pecado mortal compartir que corriste no sé cuántos kilómetros porque algún obeso que acaba de hacer check-in en un KFC se puede sentir incómodo.

Alguien dirá que el problema no es hacer todas esas cosas sino “alardear” al respecto. Curioso considerando que no hay ningún problema con que un tipo o tipa actualice diariamente sus redes con la comida que engulle, las baratijas que compra compulsivamente o las cientos de fotos de sus vacaciones.

Evidentemente hay un patrón común en la censura a ese tipo de contenidos y va en la línea de la reproducción de individuos sin capacidad de pensamiento crítico. Estamos en una estructura donde quedas de listo si te pones a argumentar contra el vegetarianismo sin haber atendido antes la discusión urgente sobre el sufrimiento animal y la venenosa industria alimenticia. Eres alguien que se jura posmoderno al ignorar la vigilancia corporativa en Internet, que cree que está haciendo un análisis sociológico cuando ve basura en la tele, que cree que ver una serie o escuchar a Guarello es culturizarse y equivale a leer, que se jura tan avanzado que ha superado la división de género, las injusticias de la dictadura.

Yo cada día estoy más mala para tuitear porque francamente ya no soporto a tanto hueón tonto que se jura vivo. Así como las estructuras dejan una huella e influencian las producciones culturales, lo mismo ocurre con las redes sociales. Es por esto que este texto no es tanto una victimización sino una crítica por involucrarse seriamente en algo tan tonto como Twitter. Es obvio que nada demasiado inteligente puede salir de una plataforma donde sólo te puedes expresar a través de frases de caracteres limitados. Hay algo político en la obligación de comprimir tus pensamientos e ideas a lo mínimo y el resultado está a la vista con una masa de gente que cree que lo está haciendo regio informándose y creando contenidos en base a oraciones cortas.

El canal determina el mensaje y hay que usar canales menos estúpidos si es que estamos en búsqueda de profundidad y relevancia. Un avance claro puede ser la reapropiación de plataformas tecnológicas que permitan formas de expresión sin ataduras a los modelos de los proveedores de servicios. Nunca habrá un afuera de la sociedad capitalista pero sí es posible la creación sin una empresa digital directamente sobre tu hombro, pienso en los blogs, en las redes sociales abiertas, en codificar tú mismo tu sitio web, todo por supuesto con un claro paso hacia la acción en el mundo real. Basta de ser tan ocioso, están a la vista las evidencias que prueban cómo las redes sociales nos hacen más tontos, menos lectores, donde se condena la diferencia y el pensamiento crítico, con la jugada maestra en acción al vendernos la idea que en realidad estamos siendo súper opinantes e influyentes.

Y es que si creemos que ser reflexivo e inteligente es darse color mejor cerremos por fuera.

¿Cómo hacer más soportable el trabajo? Consejos a partir de George Orwell

Por la edad, un gran número de amigos están enfrentando por primera vez el significado del trabajo asalariado en la forma de una dinámica indestructible en la que vas a estar envuelto toda tu vida. Los sueños quedan atrás y dan paso a un futuro de rutina sin sentido ¡Una tragedia!

A veces pienso que en el futuro los historiadores revisarán nuestra época y se asombrarán tanto cuando sepan que los seres humanos de nuestra civilización dedicaron ocho horas diarias mínimo a una tarea que en muchos casos es tremendamente tonta y que probablemente no importaba en lo más mínimo a quienes la ejecutaban. Que esta rutina se extendía durante toda la vida hasta la tercera edad y que los verdaderos beneficiados fueron unos ultra millonarios que el trabajador nunca conoció.

Quiero llamar a la abolición del trabajo. Estén atentos a mi manifiesto al respecto. Pensar cómo no trabajar es algo a lo que dedico tiempo constantemente e insto a hacer lo mismo a quien quiera escuchar mi canuteo ya que creo que todos los seres humanos no vinimos a este mundo a cumplir una jornada laboral. Pero como por el momento debo mantenerme económicamente de alguna forma ya que no nací cuica ni vivo en un país con seguridad social, a partir del ensayo de mi ídolo George Orwell “Politics and the English Language” y del artículo del Guardian de James Gingell “George Orwell, Human Resources and the English Language” y de mi experiencia propia como trabajadora y como investigadora en ciencias de la administración hice unas recomendaciones para vivir un poco más tranquila con el trabajo que a una le tocó:

1. Entender que no tiene nada de raro odiar el trabajo, que es normal pasarlo mal, que hay mucho tiempo gastado en tonteras, que hay que interactuar con gente hueona

Uno no es amargado por odiar el trabajo ¡Qué tontera! Por lo general la mayoría de los trabajos son ensimismantes en sus rutinas absurdas, ya sea por la monotonía, porque es agotador, porque en realidad estás sólo calentando el asiento para cumplir un horario o porque simplemente tu trabajo no le aporta nada significativo al mundo. Te están pagando por hacer esas tareas que no te gustan pero el precio es tu vida. No puedes ir a echarte una media mañana al parque a leer, no puedes simplemente no querer ir. Tu empleador te roba la vida así que me parece lo más normal odiarlo. Además ¿Has conocido a esa gente que se pone la camiseta por su trabajo? ¡Son las peores personas del mundo! Jamás me juntaría con gente así, obviamente son de esa forma porque no tienen ni vida ni amigos reales y todo su desarrollo personal pasa por la empresa que les paga el sueldo.

Por otro lado inevitablemente en el trabajo uno tiene que interactuar con todo tipo de gente, por simple estadística te vas a encontrar con perfectos imbéciles y tendrás que responderles sus correos hueones con preguntas hueonas, soportar a personas histéricas, a los camiseteados descritos anteriormente, a gente a la que francamente no le dirigirías nunca la palabra de forma voluntaria ¡Y lo peor es que tienes que ser cordial y buena onda! (es mi recomendación serlo en todo caso, no vale la pena enojarse por algo laboral). En resumen el trabajo es un espacio lo suficientemente penca por definición como para que no sea normal odiarlo. Si no lo odias crearás una distorsión en tu cerebro sobre lo que está bien y lo que está mal y te será imposible distinguir la esclavización de lo verdaderamente hermoso de la vida.

2. No darle importancia desmedida

El virus del neoliberalismo nos ha hecho asociar con demasiada naturalidad que somos nuestro trabajo. Puede serlo si es que tienes la suerte de trabajar en algo bacán y que sea un aporte al mundo (situación del 0,0000000000001% de las personas). Pero en un mundo de trabajos tan precarios una idea así sólo puede desanimarte. Si pensamos en la teoría de la explotación de Marx más desolados quedamos al hacernos la idea de que la mayoría de los trabajos piola consisten en tomar un rol intermediario entre un millonario y alguien que efectivamente está haciendo un trabajo real.

Además, por muy codiciado que sea el trabajo que encuentres, nunca va a satisfacer tus necesidades espirituales. Piensa en los gerentes y su plata que no les sirve para dejar de verse viejos, para dejar de ser aburridos.

Obvio que la vida está fuera de la oficina, de la empresa. Está en los libros, en los amigos, en el espíritu propio en permanente búsqueda. Si ya estás en un trabajo terrible lo mejor es mantenerlo bien lejos de tu alma y a las seis de la tarde olvidarte como si no hubiera lunes.

3. Identificar a tu opresor inmediato

Algo muy terrible del mundo laboral es la idea de institucionalidad sobre todo, donde entes inexistentes dictaminan qué se hace y qué no se hace. Muchas cosas las asumimos gracias a este lavado cerebral que los empresarios llaman “cultura organizacional”, creemos que HAY que trabajar ocho horas al día, que HAY que llegar temprano e irse tarde, que NO SE VA A PODER subir tu sueldo. Respetamos esas ideas como si fueran mandamientos de algún dios y en realidad son reglas que inventó un tipo y que el tipo que tienes delante tuyo, tu supervisor o jefe, tiene la posibilidad de cambiar estos entendimientos. La magia está en que él le echa la culpa a esa institucionalidad inamovible de todas sus mezquindades cuando lo que de verdad pasa es que ÉL no quiere subirte el sueldo, ÉL no quiere que trabajes poco ni que veas la luz del sol. Esta persona nunca va a asumir su responsabilidad en el asunto pero sí me parece útil ser un trabajador informado y detectar con claridad quién es el infeliz que se empeña en hacer tu vida miserable.

4. No caer en las trampas tecnológicas que invaden tu vida

Muchas veces pensamos que la tecnología es neutral, que todo servicio que aparece está ahí para ayudarnos. Es el caso de miles de aplicaciones para tus dispositivos que te tienen todo el día invadido de notificaciones mientras juras que te están ayudando a ser productivo. No es necesario tener las notificaciones del mail de tu trabajo en la bandeja de entrada de tu celular, ni del chat de tus compañeros, ni los eventos laborales en tu calendario personal. Vaya que caga la onda que sea fin de semana y te llegue una notificación de un mail tonto de una lista de correos que no te importa, o de un compañero con un comentario que ni siquiera te incumbe ¡Lo arruina todo!

Además, quién chucha quiere ser hiper productivo, como si no fuera suficiente entregarle más de la mitad del tiempo en que estás despierto a una institución, resulta que ahora hasta los segundos del día que dedicas a mirar el techo son interrumpidos por estas herramientas en nombre de la productividad.

5. No caer en las trampas del lenguaje buena onda, usar un lenguaje de ser humano normal

¿Hay algo más desagradable que una empresa “buena onda” con sus trabajadores? Que no te trata de empleado sino de “colaborador”, de “partner”. Que cuando te quieren desviviéndote trabajando para el beneficio de ellos te llenan de un dialecto sin sentido abundante en anglicismos y te juran que no se trata de un dueño y sus esclavos sino que de un “equipo”. Orwell fue claro en considerar el uso del lenguaje como algo clave en la opresión social, y de cómo lo que en un principio fue un efecto se convierte en una causa de más y más opresión. Vivimos en una sociedad decadente que nos engaña a diario, que inevitablemente deviene en un lenguaje decadente y engañoso ¿Han escuchado hablar a un jefe? ¿Se han fijado como en un momento lo ves hablar pero lo que está diciendo parece más propio de un robot que se aprendió un guión que de un ser humano? Todo jefe está mintiendote, embolinándote la perdiz para defender lo indefendible, sólo hay que alejarse un poco y ver con claridad cómo el engaño toma lugar.

Los jefes no dejarán de ser así, al menos no hasta que destruyamos el sistema capitalista, lo que sí podemos hacer, y es lo bonito y esperanzador del ensayo de Orwell, es contribuir a un uso del lenguaje honesto. Detenernos cuando nos damos cuenta que estamos hablando por defecto, con expresiones por defecto, emociones y abstracciones por defecto. Detengámonos, pensemos en sensaciones, en imágenes, alejemos un poquito al lenguaje porque las palabras más apropiadas vendrán después de esa reflexión necesaria. La clave, citando a Orwell, es dejar que el significado escoja la palabra.

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¡Abolición del trabajo ya!

Patriarcado social media

Mi resentimiento con los hombres no sólo es por la tonelada de privilegios que ellos tienen y que yo nunca tendré. Es también por todo el tiempo que me han hecho perder por estar preocupada de cómo tener romances con ellos.

Es cierto que son hermosos, que es para derretirse cuando derrochan seguridad y te agarran del brazo para llevarte a algún plan que ni te imaginas.

Pero creo que les he destinado demasiado tiempo de mi valioso cerebro.

Típico que una se entera de tantos músicos, escritores, científicos, que todavía van en el colegio y están haciendo cosas asombrosas: Rimbaud desde los 12 escribiendo poemas espléndidos, Alan Turing convirtiéndose en un experto de la criptografía a los 15, Jarvis Cocker fundando Pulp a los 15 también. Yo a esa edad estaba preocupada de gustarle a un cabro que su banda favorita era Incubus ¡Incubus po!

Lo peor es que hay mujeres adultas que siguen en la misma: dedicadas a gustarle a los hombres ya sea desde la idea mujer buscando pololo o mujer “liberada” cuya vida está centrada en acumular hombres. Esta triste realidad no sería posible sin la complicidad de las tecnologías de Internet que hacen que vivamos para eso: para ser mina en Instagram, para ser unas sicópatas de Facebook, para dedicarle horas al Tinder.

Qué deprimente.

Como si no hubiera nada mejor que hacer.

La vertiente de las tecnologías que más me interesa es cómo su construcción técnica es capaz de determinar nuestro imaginario personal y social. Cada vez es más difícil distinguir los límites entre mente y máquina, entre cuerpo y máquina. Me aparece una alerta en el teléfono avisando que tengo que acostarme con el tipo que la empresa Tinder me sugirió y el filtro que inventó un técnico de la empresa Instagram se superpone a mi fotografía y devengo en un ser aceptable para los circuitos virtuales.

En el Manifiesto Cyborg, Donna Haraway propuso la posibilidad de la tecnología como un argumento para el placer en la confusión de los límites, una posibilidad post-género de identidades cyborg parciales y contradictorias en su relación con las máquinas. Esto definitivamente no ha ocurrido. Las relaciones de poder están intactas. Las estructuras patriarcales como la familia, la acumulación y la mujer como vasija para la reproducción siguen sólidas. La ideología liberal goza de buena salud en gran parte gracias a las tecnologías de Internet que mediatizan nuestras relaciones al máximo, nos segregan de tal forma que las diferencias se hacen invisibles y nos moldean como seres productivos a diario según las ideas que estas empresas tienen de cómo tiene que ser un humano.

¿Qué nos ofrecen las tecnologías de Internet a las mujeres? Pura banalidad.

Vi The Internet’s Own Boy

Desprecio tanto a los emprendedores-innovadores- fundadores de start ups. Se disfrazan de progreso y al final del día son sólo unos amantes de la plata.

Y no me molestan tanto los vendedores de humo estilo charla motivacional, ésos sólo son mercachifles sin talento. Los que de verdad me molestan son aquellos con habilidades tecnológicas utilizadas en su totalidad para la lucha por el sueño de ser uno de esos millonarios con más plata que la que podrías gastar en tu vida.

Podría decir que son personas que me entristecen, víctimas de una cultura exitista. Pero no.
Prefiero apuntarlos con el dedo que facilitarles la vida entrando en una espiral de relativización, quiero que sus planteamientos en que aseguran que su trabajo es por un mundo mejor y que la plata viene por añadidura queden evidenciados como las mentiras que son.

Cómo pueden tener cara para vestir las banderas del progreso si lo único que hacen es fortalecer la inmisericorde economía capitalista, cómo pueden tener tanta cara de palo conociendo casos de gente que se ha muerto por poner sus habilidades técnicas a disposición del conocimiento humano como Aaron Swartz.

Estoy segura que a toda esta generación de “emprendedores digitales” el mundo los recordará como las ratas ansiosas de dinero que son, como ratas codiciosas que nunca quisieron desafiar el orden establecido sino que a punta de nuevas corporaciones, nuevas tecnologías de vigilancia e incluso nuevos modos de control económico están construyendo una versión paralela del más crudo capitalismo, un criptocapitalismo.

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Una aclaración que considero necesaria respecto al uso del la palabra panóptico

Últimamente hay gente que le dice panóptico a cualquier tipo de vigilancia. No es mi intención hacer una aclaración literal respecto al panóptico forma arquitectónica carcelaria sino al efecto de poder que ejerce de acuerdo al trabajo de Michel Foucault en Vigilar y Castigar.

Porque lo clave del uso de este concepto en el trabajo del francés es la vigilancia permanente a pesar de que ésta sea discontinua en su acción. El efecto panóptico es tan poderoso que es irrelevante que las cámaras que un alcalde pone en su comuna estén grabando o a cuántas micros del Transantiago se suben los inspectores.

Hablar de panóptico sólo cuando estamos frente a tecnologías explícitas de vigilancia aleja de nuestro radio de análisis el máximo mecanismo de control que es el que reside de manera automatizada en nosotros como individuos y eso se manifiesta en la sujeción efectiva de nuestros cuerpos ante ideas que no son más que ficciones como el supuesto terrorismo en Chile. Es este tipo de control el que nos moviliza y nos lleva a transitar por ciertos lugares, mirar feo a determinada gente (incluso a nuestros pares), salir a la calle depilada, pagar la micro, etc.

Finalmente la vigilancia no está en las tecnologías, está implantada en nuestros cuerpos disciplinados de manera tan sofisticada que somos indistintamente vigilados y vigilantes en dimensiones que exceden lo criminal. El ejercicio del poder es mucho más sutil que la presencia de unas cámaras.